EL HIJO DEL CAPITÁN
Sentado en la acera de la casa donde vivía, miraba como los niños
corrían por las calles empedradas cantando alegremente: "que llueva que llueva, la virgen de la cueva, los pajaritos cantan las nubes se levantan, que sí, que no, que caiga un chaparrón..." El viento anunciaba una de esas tormentas se ven pocas veces en el invierno, las señoras, presurosas quitaban los trapos viejos de los alambres para que no se mojaran. Algunos corrían para la tienda de la esquina a comprar unas candelas y fósforos porque siempre que llovía “...se iba la luz."
Los árboles se mecían de
un lado a otro y las hojas en la calle pasaban veloces frente a las puertas de
madera un poco podridas...
La abuela, en su silla
mecedora, miraba por la ventana y recordaba... porque solo eso les queda a los
más viejos, los recuerdos.
- ¡Andá meté a los cipotes
que ya viene el agua y se van a enfermar! -le gritó a la hija que terminaba de
poner la ropa en la cama, la ropa que había quitado de los alambres-
La lluvia casi, casi caía,
parecía que estaba hinchando las nubes para reventarlas de golpe... La mano
temblorosa de la abuela se llevaba la taza de café humeante hasta unos labios
agrietados por el tiempo... esos labios que otrora despertaran tantas
pasiones... allá cuando recién el tren pasaba frente a los ojos maravillados de
los habitantes de no sé dónde.
El, continuaba sentado
viendo como los rapaces eran cazados uno a uno por las preocupadas madres, y
algunos, los más veloces hasta por los cabellos.
Era hijo de un militar, su
padre era un valiente soldado que empezó como un simple recluta, pero como
siempre, donde quiera que llegara era ascendido, había logrado tener un rango
medio en la milicia... tal vez hubiera podido llegar más alto; pero en esos
días el ejército estaba plagado de envidiosos, aduladores y avarientos...
Los blancos cabellos de la
anciana resplandecían con los reflejos de los relámpagos, mientras sostenía al
más pequeño de sus nietos, que tembloroso por los truenos se refugiaba en su
tibio regazo...
- ¡No tenga miedo hijo,
usté tiene que ser como su abuelo, valiente y decidido! -le decía-
"Un ánimo recto, una
vida feliz" solía decir el viejo soldado curtido por mil batallas, y no es
que no tuviera miedo, de hecho si lo tenía; pero como él decía, "VALIENTE
NO ES EL QUE NO TIENE MIEDO, VALIENTE ES EL QUE LO ENFRENTA” y así había criado
a sus siete hijos, bajo ese lema.
“Pertenecer al ejército es
lo mejor que le puede pasar a un hombre” -repetía a menudo...
Tal vez fuera cierto
aquello; pero para los ojos que miraban como las gruesas gotas de lluvia
empezaban a mojar las piedras de la calle, quizás no fuera lo más apropiado.
A él no le gustaba la
guerra, más bien era un soñador de esos que se quedan como dormidos por
larguísimos ratos, él sabía que no sería capaz de soportar todo lo que el viejo
militar había soportado... no, el estaba acostumbrado a una vida más tranquila.
Era además noble y no
sería capaz de quedarse impávido, viendo como sus compañeros, después de tender
emboscadas y matar a los rebeldes, se dedicaban a saquear los pueblos, violar a
sus mujeres y hacer todo aquello que se supone un militar honesto no debe
hacer, claro todo esto lo hacían a espaldas del gran general que comandaba las
gloriosas fuerzas armadas que cada día avanzaba mas en una insaciable conquista
de los pueblos "liberados."
Su padre fue un capitán
honesto, que amaba la profesión de soldado y era amado por sus subalternos, era
sencillo y de no muchas palabras, pero fiero como un león a la hora del
combate, era el que iba siempre con la bandera abriendo brecha para que pasaran
sus soldados, era el que ponía el pecho para que las balas no las recibieran
sus valientes hombres... y gracias a ello se hizo de mucha fama entre los
soldados que como el tenían una verdadera vocación. Para mala fortuna eso mismo
le ganó el odio de los que andaban en la milicia con intereses bastardos...
Una vez se lo preguntó:
- ¿Y usted porqué no hace
nada? denúncielos en el consejo de guerra
- No serviría de nada, son
muchos y me temo que el consejo de guerra esta infiltrado…
- ¡Entonces denúncielos
con el coronel!
-No me puedo saltar el
consejo de guerra e ir directamente con el coronel, eso sería indisciplina…
además, él ya lo sabe...
- ¡Ya lo sabe! ¿y por qué
no hace nada?
- La lucha casi termina,
por estrategia no conviene ahora; pero ya verás después que la guerra acabe
serán fusilados uno por uno te lo prometo, están todos en una lista negra.
- ¿y cuándo acabará la
guerra?
- Pronto dicen, realmente
nadie sabe... además para el que muere la guerra ha terminado...
- ¿Y que gloria hay para
el que cae?
- ¿Aún no lo entiendes? La
gloria está en dar tu vida por tu nación, por un ideal...
- ¿Y cómo te agradece la
patria?
- ¿No darías tu vida por
tus hijos?
- Sin dudarlo
- Ellos también son la
patria no importa si no agradecen, yo lucho por vos y por tus hermanos- le dijo
mientras sonreía acariciando sus cabellos desordenados, sabiendo que esa lucha
de palabras estaba ganada -
Así había criado a sus
vástagos, bajo un régimen militar, y así habían crecido sus hijos bajo la
protección del valeroso capitán...
Un triste día antes que el
invierno comenzara, hubo una fuerte batalla, contra un poderoso enemigo, que
había aniquilado a todos los que habían querido entrar en su territorio.
Pronto fueron requeridos
los generales más experimentados y los soldados más valientes para tratar de
conquistar ese pueblo liberado. Como era de esperarse el capitán y su
regimiento fue convocado...
Una noche antes de partir
se reunió con todos sus hijos menos uno que vivía muy lejos en territorio
enemigo. Se había puesto su glorioso uniforme de gala, las medallas
resplandecían en su pecho y la espada con empuñadura de oro que usaban los
capitanes estaba perfectamente afilada y ceñida a su cintura...
- Voy a una batalla de la
cual tal vez no regrese -les dijo- si así fuera, que el más grande cuide del
más pequeño, y que el más pequeño respete al más grande...
Nunca se diga que fui un
cobarde, y así como brillan estas medallas resplandezca mi honradez hasta el
final de los tiempos.
Si muero que sea de pie, y
con la espada desenvainada, y que esta sea tomada de mis manos frías por el más
valiente de ustedes...- dijo mientras miraba los escurridizos ojos, de uno de
ellos- digan a mi coronel que me voy con la frente en alto, he trabajado con
manos limpias, y he amado su causa hasta dar mi vida por ella, díganle que
siempre habrá alguien de mi sangre que abrace mis ideales y empuñe su espada...
Las lágrimas empezaban a
escapar de los escurridizos ojos del hijo del capitán, hacia ocho días les
había llegado una carta, donde les decían, que el honorable capitán había
muerto en combate, tratando de tomar una trinchera enemiga, dos de sus hermanos
habían salido de inmediato para el campo de batalla a tomar el puesto que dejara
el valeroso soldado...
Pero él seguía sentado en
aquella acera de aquel pacifico pueblo, empapado con la lluvia y las lágrimas
que salían de sus ojos.

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